Es mucho más fácil pensar que ya se fue, a que sigue ahí. Porque no queremos asumir que alguien a quien amamos tanto nos haya olvidado. Preferimos pensar que ya no está.
Pero yo les aseguro que no es así.
Sólo que hay alguien muy desgraciado ocultándolo. Alguien demasiado fuerte.
Su nombre es Alzheimer.
Es bien dicho que en los cuentos de hadas el amor siempre es más fuerte que cualquier adversidad. Suena bien bonito. Hay quienes sueñan con eso, pero sólo está en su imaginación. Tal vez soy una de esas... pero prefiero pensar que fue real.
Hay mucha gente que sabe cuánto admiro a mi abuelo. Ha tenido una vida impresionante, desearía yo que la mía fuera una fracción de lo aventurera que fue la suya. Algo me contó él cuando yo era demasiado pequeña. Obviamente, no me interesaba, yo gozaba yendo a visitarlo únicamente porque me fascinaba subir por la escalera escondida en un clóset a una azotea, donde se veía todo Viña, y estaba lleno de libros y materiales que él solía usar para hacer esculturas y cuadros de cobre, su escritorio con lupas y papeles, donde se sentaba a escribir su poesía, fotos, trofeos, escritos, relatos. Disfrutaba revisando todo eso, aunque más de una vez él me retó cariñosamente. Puede ser que lo que yo sé de él lo haya aprendido leyendo, no escuchando. Simplemente, porque me aburría que repitiera siempre las mismas historias, las cartas de amor que enviaba a mi abuela, los meses de espera a su respuesta; cómo se las arregló para medir un faro en una isla desierta; cómo se entretenía con sus compañeros. Ahora pienso en ello y me parece fascinante, y quisiera escucharlas de su boca, aunque sea cientos de veces. O sus bromas, cuando repetía cada vez "Este... Este vaso. Este... Estefanía". Un error ortográfico sin importancia. También cuando leía en voz alta los poemas que me escribía a mí cuando era pequeña, o los que escribió a su gato, o a su madre,
Pero en su momento, no quería más. No quería escuchar por enésima vez lo mismo.
Nunca pensé que entonces debía disfrutarlo, que sería quizá la última vez que yo estuviera conciente de que él sabía quién era yo.
Ese tal Alzheimer empezó a invadirlo de a poco. El último recuerdo que tengo de él relativamente lúcido fue en su departamento, cuando articulaba pocas palabras y paseaba sin parar. "Éste es mi padre...", dijo, señalando una vieja fotografía.
No lo quise ver durante un tiempo, me dolía, extrañaba sus historias, extrañaba que me regalara cuadernos Amilac, extrañaba su poesía y el olor a papel viejo de la azotea de su casa. Las escaleras suaves, el clóset misterioso, los cajones que no se podían abrir si no se abría el primero; sistema de seguridad creado por él; ni las gomitas ocultas entre sus frascos de materiales.
Durante ese tiempo que por motivos no muy válidos que decidí "ignorarlo", de cierta forma, siguió "progresando" su invasor. Mi abuela ya no podía cuidarlo, él ya no hablaba nada, comenzó a ser torpe, y un día escuché que hablaban de él como algo horrible: "una carga".
Lloré escondida mucho tiempo... todo esto afectaba mucho a mi mamá, a mis hermanos, no quería que se sintieran peor viendo cuánto me afectaba a mí. Como hijos, mi mamá y sus hermanos, y como esposa, mi abuela, decidieron llevarlo a un hogar, donde estaría mejor cuidado y bien alimentado. Escogieron con cuidado una excelente casa de reposo, sabiendo que si no veía a sus parientes todos los días, los olvidaría por completo.
Así fue. Una vez acostumbrado a su nuevo hogar volví a visitarlo. Es atendido por señoras amables, pacientes, dispuestas a acompañarlo en sus largas caminatas. Quisiera ver sus caras de asombro si él contara tan sólo una de sus historias. Por supuesto, no reconoce a nadie.
Hoy fui a verlo. Estaba con mis papás y mi hermano. Él no lo había visto desde antes que empezara a vivir en esa casa. Le afectó demasiado. Hace años que no lo veía llorar.
Yo ya había estado ahí, viendo a mi tata, con la mirada perdida, sin perder su costumbre de silbar, aunque ahora apenas emite sonido. Camina de lado a lado, aferra con fuerza las manos que le ofrecen, pero no mira a ningún lado, no va a hacer nada especial a ningún lugar. Sólo... caminar.
Pero hoy, estando a su lado, en cuclillas, acariciándole la mano con ternura, sonriéndole... desconozco si fue producto de mi imaginación por un deseo poderoso, oculto, o fue real.
Aferró mi mano con fuerza, me miró a los ojos...
"Stefanía..."
Un hermoso segundo. Un precioso segundo que espero sea lo último que olvide cuando mi hora llegue.
Cuando vi que su mirada volvía a perderse, rompí a llorar de una manera descontrolada, confusa entre la felicidad y la tristeza. Lo guardaré como tesoro secreto para siempre en un rincón de mi corazón que ni el Alzheimer más poderoso podría encontrar.
El refugio que aún respira en el recuerdo
Hace 2 días

Me puse a llorar.
ResponderEliminarNo tengo mucho que comentar.. creo que ocn algo tan personal, palabras escritas aquí, no tendrían mucho sentido. Pero espero que sigas manteniendo vivo ese recuerdo.
Te amo tanto amiga... te extraño muchísimo.
Ojalá pudiese estar contigo para poder consolarte.
creo que lo leo demasiado tarde... uta, me emocionó...no tenía idea...ojalá nos vemaos dentro de poco (bueno, la smean ignaciana es dnetor de poco, asi qu ehai nos veremos :P). Un abrazote virtual (que espero materializar). Cuidate stefa
ResponderEliminar