Ya iban cerca de 3 días que en las noticias sólo hablaban de la poderosísima tormenta que estaba atacando despiadadamente a Valparaíso. Al principio me preocupé por mis abuelos, que son de Viña, pero cuando confirmaron que ese sector estaba fuera de peligro me quedé tranquila.
No me duró tanto. Estaba conversando como siempre hacía con un buen amigo, pero estaba diferente.
-Oye, ¿te pasa algo?
-Sí, estoy preocupado.
-¿Por qué? ¿Qué pasa?
-Mi mamá y mi hermana están en Valparaíso.
Mierda, me dije.
-Y has sabido algo de ellas?
-No, nada, e ir sería un suicidio. Tendré que esperar no más a ver que pasa.
-No digas eso, yo te acompaño. Vamos.
Llegamos a Viña en su auto porque ningún bus estaba haciendo ese tramo, por el peligro. Desde bien lejos se veían los rayos cayendo en una ciudad completamente inundada. Habían pocas personas, y todos en bote. Los que tenían dónde ir ya se habían escapado.
-No se habrán ido?
-No. Me habrían llamado.
Tomamos un bote, navegamos sobre esa nueva Atlántida, mientras veíamos rayos caer y caer. Parecía que fuera la hora más oscura de la noche, cuando era pleno día.
No encontrábamos a nadie y estábamos por rendirnos, y en el camino de vuelta surgió un par de brazos desde el agua, aferrándose con la poca fuerza que tenían al bote.
Ahí desperté.
El refugio que aún respira en el recuerdo
Hace 1 día

No hay comentarios:
Publicar un comentario